La ignorancia, la chulería y la idiotez, las mejores aliadas del contagio

Lejos del “Amor en tiempos de cólera”, estamos en el de la imbecilidad en tiempos del Coronavirus

Desde que el gobierno de España, con mes y medio de retraso, cuando ya el virus había comenzado a expandirse de manera imparable a través de nuestra geografía anunció con 24 horas de anticipación, el tiempo suficiente para que los listos de turno vaciaran las estanterías de los supermercados creando la zozobra en el resto de la población, que tomaría medidas como, entre otras, el confinamiento total, los ignorantes, los chulos y los idiotas, que también son en parte responsables de que tengamos las vergonzosas autoridades políticas  que tenemos, no han hecho otra cosa que saltarse a la torera el estado de alarma, aportando no su granito de arena, sino  playas enteras de arena, a la imparable propagación del coronavirus en su versión Covid-19.

Pese a que muere gente, esta gentuza dice, como si los ancianos no fuéramos humanos, que los únicos que mueren son los viejos, sin pensar que es la juventud –divino tesoro- la que siendo en gran medida asintomática pese a llevar el mal en su cuerpo, la que se yergue como el más peligroso elemento para el resto de una población no necesariamente vulnerable como demuestran los últimas datos de fallecimientos.

Así las cosas, desde el balcón de mi piso, que se ha convertido en mi obligada atalaya, he podido ver a niños o adolescentes, rompiendo las restricciones impuestas por la crisis, y jugando a esconderse de la policía si llega el caso. También a seres que posiblemente inquietos por el encierro solidario y sanitario, salen a la calle sacando a pasear ocho o más veces a sus mascotas u otros que van de “compras” y se dedican a caminar  durante largos trayectos sin llevar ni traer nada en sus bolsas.

Asimismo, he visto desde mi “mirador” a imbéciles frente a una farmacia, donde formaban alegres corros de parlanchines, recibiendo mascarillas para atenuar la posibilidad de contagio y usarlas entre bobaliconas y sonoras risas, como gorras.

También he visto, y eso alimenta mi esperanza de que algún día podré volver a abrazar a mis nietos, a esa gente entusiasmada aplaudiendo cada noche a las ocho al personal sanitario, farmacéutico, de servicios públicos básicos o de negocios de artículos de primera necesidad, que exponiendo su salud e incluso sus vidas, intentan dar una pincelada de normalidad a una situación que nunca antes habíamos vivido. También he sido testigo de los emocionados gritos de agradecimiento a la policía, cuando circulan con la megafonía solicitando a los insolidarios, que vuelvan a sus domicilios y la respuesta, también emocionada de los agentes.

Me han contado porque por mi edad no puedo verlo, cómo hordas de inconscientes, en los supermercados colaboran sin guardar las distancias obligatorias, en el acaparamiento de productos de primera necesidad que según un gobierno que miente más que habla, no escasearán. Y lo triste del caso, es que cagados como están, estos innumerables idiotas, arrasan con el papel higiénico, dejándonos a la gente que seguimos eyectando nuestros excrementos con normalidad, con la obligación de limpiarnos en el bidé.

Los anteriores son algunos de los pocos ejemplos de lo que está seguramente ocurriendo a nivel nacional y que tuvieron su clímax anticipado, con la “escapada” de madrileños hacia las playas sin lograr otra cosa que contagiar a media España.

En fin, que no estamos en la época del amor en tiempos de cólera, sino en el de la imbecilidad en tiempos de Coronavirus

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