Parte de la población española con su estupidez e ignorancia supinas, se está convirtiendo en cómplice del nefasto gobierno del reino en el retardo que experimenta la contención del peligroso coronavirus COVID-19.
Mientras nuestras autoridades actuaron muy tarde ante la expansión de los contagios, permitiendo que los afectados sumaran cientos de miles y los muertos decenas de miles en menos de dos meses en un presunto caso de negligencia criminal, una buena porción de nuestra población, con pocos sesos, menos luces y una enorme cuota de idiotez, aportan una pavorosa dosis de elementos incriminatorios.
De esta forma, desde el inicio del tardío estado de alarma aparejado a un confinamiento en dos etapas, hemos podido observar gente de cualquier edad, principalmente mayores, rompiendo las normas de contención, paseando libremente y/o formando grupos. También hemos visto tiendas pequeñas llenas de clientes con o sin guantes o mascarillas y lo que no hemos visto, más que en tres ocasiones, es a la policía.
Y ahora, que comienza la desescalada, la imbecilidad humana ha llegado en demasiados casos, tantos como los estúpidos que en su momento previendo el confinamiento, huyeron a otras latitudes del país, llevando muchos, el letal coronavirus para compartir con gente inocente. También podemos contemplar en estos días a muchísima gente comportándose como si el peligro invisible que acecha mortalmente en cada rincón del mundo, hubiese desaparecido.
Muchos dirán que el inepto gobierno que le ha tocado en desgracia a España, haciendo bueno aquello de que «cada pueblo tiene el gobierno que se merece», da repetidos motivos para no creerle absolutamente nada y así como para la mayoría, son poco creíbles sus esperanzadores datos ofrecidos a través de «gloriosos partes de guerra», también puede ser que para una minoría, un gobierno que miente sin escrúpulos ni límites, también lo haga con relación a la gravedad de la pandemia.
La imagen que acompaña esta nota muestra a dos damas sentadas en un banco público, una con protección en cara y manos y la otra, a menos de un metro de distancia, sin precaución alguna, «paseando» por enésima vez al día a un perro sin correa. Como este, centenares de miles de casos.