El gobierno español de inútiles, no se sabe si para terminar de exterminar a los ancianos o que como buenos políticos de raza no han sido bendecidos por el don de la mínima inteligencia, ha arrinconado a las personas mayores en unas escuálidas franjas horarias de salida que se topan con el solapamiento entre los alegres paseantes y esforzados deportistas y los niños que salen con padres milagrosamente multiplicados media hora antes de su franja y se repliegan casi una hora después. Eso sin contar que los alegres paseantes y esforzados deportistas tienen mucha pereza a la hora de dejar paso a las 10 a los viejos.
Personalmente he optado por no salir hasta que las condiciones sean tan seguras que el gobierno ya no tenga necesidad de seguir mintiendo, ni manipulando, ni destrozando nuestra ya maltrecha economía, porque el coronavirus nos haya abandonado.
Y se los digo de verdad. Cuando he salido dentro de mi franja, me siento intranquilo entre tanta gente, tantos adultos, tantos paseantes de perro que salen muchos unas diez veces o más al día, tantos compradores compulsivos tantos pequeños jugando, que no tienen los pobres la culpa de que sus padres sean unos imbéciles redomados.
Y más me intranquilizan los insultos que recibo por el solo hecho de mirar la hora o las amenazas por captar en imágenes el incumplimiento de las órdenes de los ignorantes de arriba.
Y ya que hablamos de intranquilidad, una tercera que me atenaza la propia razón, es que mientras leo en los informes de la policía municipal de Terrassa que quince súbditos u ocho, o diez, según sea el día, han sido sancionados por incumplir las reglas del confinamiento, en mi barrio, uno de los más abandonados de la ciudad, la policía ya es solo un recuerdo y si se dieran un paseo por sus calles, quizás las sanciones aumentarían en 100 o doscientas, comprendiendo que no tengan capacidad física para penalizar a todos los idiotas…