DISPARATES QUE ME TRAJO EL VIENTO

Hoy hemos decidido ofrecerles un pequeño fragmento de «Virtudes» con el que abre el volumen para que se dén una idea de qué va y al mismo tiempo con la intencións de que les pique la curiosidad por saber cómo sigue y se decidan a adquirir este título en amazon.
Doña Virtudes, «la seño» para sus alumnos del cuarto grado, quería esa mañana de primavera tardía, -una primavera más que se le escapaba sin que los efluvios del amor la hubiesen alcanzado-, impresionar a sus niños, esos niños ajenos en quienes volcaba su amor de madre frustrada, recitándoles con sus celebradas dotes oratorias, un poema de Rubén Darío que la había impresionado desde su más tierna infancia.
No acabada aún la algarabía que habitualmente sucedía a la entrada del patio, la niña Pilar, como era su costumbre, púsose en pie y ratificando el deseo de la maestra, chilló a voz en cuello.
-¡A callar todo el mundo, niños, que la seño Virtudes, -era la única en el salón y en todo el cole, que a lo de «la seño», le añadía el virtuosísimo nombre de pila, -nos va a recitar un bello poema!
Los calificativos de «pelota», los silbidos y los chuleos se unieron en uno solo para formar un barullo impresionante.