Es muy difícil enmarcar la historia de Cristina ocurrida en 1968 solamente en la categoría de terror, puesto que contiene unos sentimientos tan profundos, que posiblemente no se trate de un hecho sobrenatural, sino de la monitorización espiritual de un cuerpo muerto que se resistía a dar el definitivo paso al más. Así intentó explicarlo con cierta lógica, el director del Instituto de Anatomía Patológica de una universidad chilena, que acogía la morgue de la ciudad y uno de los testigos de excepción de la fuerza de Cristina, una jovencísima estudiante de Comunicación Social, en su lucha por seguir viva después de su deceso.